Las complicaciones de estos catéteres se reportan entre 20 y 40 % de los pacientes, aunque la mayoría son de escasa significación, aproximadamente 5 % pueden ser de mayor peligrosidad.
La infección urinaria es la más frecuente; se reporta entre 10 y 20 % de los casos. La mayor predisposición a la infección se debe a la posibilidad de inoculación de bacterias durante las maniobras de inserción y por el efecto favorecedor del inevitable reflujo vesicoureteral.
Posibles complicaciones del cateterismo con doble J:
  • Reflujo vesicoureteral.
  • Infección urinaria, sepsis.
  • Obstrucción, incrustación o rotura del catéter.
  • Posición anómala: subpiélica, supravesical.
  • Erosión.
  • Perforación ureteral.
  • Hematuria intensa o persistente.

La presencia de un cuadro de infección aguda febril en un paciente con catéter doble J obliga a analizar diferentes causas:

  • Reflujo vesicoureteral.
  • Obstrucción, dislocación o rotura del catéter.
  • Colonización bacteriana del catéter.
El diagnóstico y solución urgente del problema es vital para prevenir la progresión hacia situaciones sépticas graves. Habitualmente el cuadro clínico y la realización de una radiografía simple del tracto urinario y de una ecografía renal permiten esclarecer la etiología.
El diagnóstico de obstrucción, dislocación o rotura del catéter es muy fácil y su asociación con dilatación del sistema colector renal indica la ejecución inmediata de una nefrostomía percutánea, la que junto con una adecuada hidratación parenteral y a una antibioticoterapia enérgica resolverá la complicación.
La obstrucción del catéter puede ser completa o parcial por compactación de fragmentos litiásicos que obliteran su luz o por incrustación de sales de fosfato amónico-magnésico o de apatita, lo que se puede evidenciar en el estudio radiológico. La incrustación del catéter se presenta generalmente cuando este ha permanecido largos períodos en pacientes con infecciones urinarias concomitantes por gérmenes ureolíticos.
Esta complicación se puede prevenir con el uso de antibioticoterapia profiláctica permanente, asociada al ácido acetohidroxámico, si la infección está provocada por gérmenes ureolíticos. El control de las alteraciones metabólicas, como la hipercalciuria y la hiperuricosuria, disminuye también la frecuencia de esta complicación y el cumplimiento de los controles bacteriológicos de la orina y los radiológicos permiten su detección precoz.
Luego de controlada la infección cuando la hubiere, se procede a la retirada o recambio del catéter, que no es difícil si solamente la incrustación afecta a su extremo distal, pero puede serlo si afecta a su extremo proximal o a toda su longitud y podría requerir el uso de procedimientos instrumentales (LEC, ureteroscopia o nefrolitotomía percutánea).
El cuadro clínico e imaginológico de la infección por reflujo vesicoureteral o por colonización bacteriana del catéter a menudo es similar, pues el dolor o la molestia lumbar al orinar descritas en el reflujo, pueden estar ausentes y la información radiológica y ecográfica puede ser la misma (catéter íntegro, bien colocado, asociado a ligera dilatación de cavidades). En este caso y teniendo en cuenta la mayor frecuencia del reflujo vesicoureteral, se instaura el tratamiento específico para esta afección (hidratación parenteral, antibioticoterapia y colocación de un catéter uretrovesical), con el fin de evitar las contracciones del vaciado vesical e impedir el reflujo.
Si la evolución es satisfactoria, corrobora el diagnóstico; si el cuadro infeccioso se mantiene o progresa, entonces se debe pensar en la colonización bacteriana del catéter y este se retira de inmediato y se sustituye por un catéter interno-externo que mantendrá la permeabilidad del tracto urinario infectado. Este último se retira o sustituye por un nuevo doble J, si aún es necesario cuando haya sido controlada la infección.
La posición anómala, tanto la posición subpiélica del extremo proximal como la posición supravesical del extremo distal, suelen ser consecuencia de mala técnica de instalación del catéter, específicamente por estimación incorrecta de la longitud de este para el paciente en cuestión.
La posición intrauretral y la exteriorización del extremo distal a través de la uretra se deben a que el catéter escogido resultó excesivamente largo. El catéter puede quedar en posición subpiélica o supravesical cuando es muy corto. La solución en estos casos es la retirada del catéter ectópico, la selección de otro de longitud adecuada y su correcta reinstalación.
El uréter o la pelvis renal pueden ser perforados por mala técnica durante la inserción del catéter (maniobra a ciegas por prescindir del control radioscópico), al situar el catéter en posición extraluminal, con la consiguiente posibilidad de extravasación de orina. Su tratamiento inmediato es la correcta recolocación del catéter.
La rotura espontánea, como la provocada durante su manipulación, es muy infrecuente debido a la gran calidad de los materiales actualmente utilizados. Se han documentado algunos casos de rotura de catéteres de polietileno que habían permanecido instalados por largos períodos. Para evitar esta complicación es conveniente no utilizar catéteres de material quebradizo por más de 2 meses y realizar los recambios sistemáticamente.
El contacto del catéter con el urotelio provoca sistemáticamente hiperplasia epitelial con excesiva producción de moco. También se puede observar metaplasia escamosa y en algunos casos, gran reacción edematosa. Las erosiones y ulceraciones epiteliales son muy infrecuentes y generalmente en relación con catéteres de materiales de consistencia dura (poliuretano). Ocasionalmente la erosión puede conducir a un urinoma. Esta complicación puede ahorrarse evitando largas permanencias del catéter o realizando los recambios adecuadamente.
En casos excepcionales, se ha producido hematuria intensa o persistente que ha obligado a la retirada del catéter.

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